lunes, 9 de enero de 2012

cuento titulado "EL AÑO NUEVO MAS LINDO"


Su nombre es Lola y es guapísima, china y delgada. Le gusta jugar con sus sobrinos y correr con ellos en el campo. A Adolfo le gustó verla así, china de risa con esos labios matadores que tenía Lola.

Adolfo quedó encantado cuando Lola le confesó que su defecto es tirarse muchos pedos. No era que a él le gustaran los pedos, al menos los suyos los detestaba, y no se sabe por qué motivo, pero Adolfo tenía curiosidad conocer los pedos de Lola, de repente fue porque él ya estaba tronado.

La primera vez que Adolfo la vio en persona quedó boca abierta, impresionado como nunca antes, porque nadie le había gustado de esa manera. Una de las cosas que le fascinó fue la sonrisa que le volvía más loco de lo que ya estaba. Ahí comprendió lo que le dijeron una vez: “Uno no sufre de locura, lo disfruta”.

Él no pensaba salir a celebrar Año Nuevo, quería quedarse en casa para pasarlo tranquilo porque no quería perturbarse. Pero salió y ahora anda más intranquilo que nunca porque ella le gusta como nadie le gustó.

CAMPING
El sábado 31 de diciembre del 2011, aceptando una invitación de Lola, fue temprano a su casa, llegó 9 de la mañana y ella le presentó a su mamá, sus hermanos, hermanas, sus incontables sobrinos que no recuerda el nombre de todos, y dos perritos chicos que no dejaban de ladrarle. “Pucha, Lola, nunca me llevé bien con los perros enanos, siempre tuve jale con los grandes”, le dijo, mientras ella acostada  en su mueble todo relajada se reía.

En el patio estaban dos perros grandes, uno que fue adoptado y había perdido un ojo, y otro que lo compraron como perro fino pero conforme creció la naturaleza lo delató como perro de raza chusca, esos dos perros sí le movían la cola y dejaban que les acaricie.

Iban a ir con la familia de Lola al valle de Santa Eulalia para celebrar el Año Nuevo, recibiendo el 2012.

Adolfo fue con Lola en el auto de ella. El sentado de copiloto y ella al volante, atrás su hermana con dos sobrinos. Enrumbaron por la carretera y Adolfo la veía más linda que nunca cuando el viento movía su cabello o cuando se reía con esos labios matadores que tiene cuando él contaba algún chiste tonto.

Hasta ese momento la miraba como su amiga, una buena amiga con quien días antes la pasaron lindo jugando bowlling con dos amigos más, y luego bailaron en una discoteca hasta las dos de la mañana.

Pero tres meses atrás Adolfo le había dicho a Lola que le gustaba pero solo recibió un “no” de respuesta. Le dijo que ni se ilusione porque entre ellos no podía pasar nada. Pasó el tiempo y lo superaron, se habían llevado en una muy buena onda, sin “mala leche”, como dice ella.

Adolfo nunca supo guardar rencor ni mala onda con nadie, así le hizo la naturaleza y puede ser amigo de quien antes le hizo sentir cosas malas o tristes.

Siendo solo su amigo, la miraba hechizado, sin el menor ánimo de decirle que está guapa y pensando que habrá un hombre que sería dichoso al besar esos labios de ensueño. El carro se paró antes de llegar al destino, decían que le tenía fobia a las alturas, porque cuando fueron a otra provincia de la Sierra igual se paraba en las subidas. En fin… aprovecharon para comer snacks y bromear un rato.

Luego de cinco paradas más,  avanzando cinco metros cada una, llegaron a un campo hermoso, una amplia área de pasto verde donde las familias o amigos acampaban.

Ahí estaba su papá, un señor de Huaraz de 85 años de edad. Le saludó a Adolfo de lo más serio y le intimidó. Luego Lola le confesó a él que no le había contado a su papá y eso intimidó más al invitado. Lo mismo con su hermano de 45 años. Por esas cosas Adolfo se sintió nervioso y todo le salía mal, derramaba la gaseosa, casi se caen con Lola para atrás en la mesa del almuerzo, se mojó el pantalón con la chicha, en fin….

Almorzaron rico un pavo al horno que como en toda familia, siempre se guarda uno de los que tienen para Navidad.

De ahí vino lo bueno: el juego con la familia. Adolfo jugó a saltar soga con un cántico que decía “osito panda, salta con un pié, con un pié, con un pié, salta con el otro, con el otro con el otro, salta con tres pies, con tres pies, con tres pies, luego con los cuatro, con los cuatro con los cuatro”. ÉL llegó solo a la primera parte porque no sabía que cuando decían tres pies se referían a dos pies y una mano. No saltaba soga desde su niñez que jugaba con sus hermanas y su prima.

Luego vino “los siete pecados”, corriendo para no ser alcanzado por la pelota. El trataba de hacerle perder a Lola, con risas de por medio, solo por molestarla. La familia de Lola se reía cuando por culpa de Adolfo ella tenía un pecado más, y él feliz masajeando de lejos esa sonrisa encantadora que tiene con esos labios que matan, y sus ojos chinos juguetones.

FELIZ AÑO, CORAZÓN
Cuando le dijo “feliz año” Adolfo le dio un abrazo apretándola de lo contento y agradecido que estaba por sacarle de su casa y relajarle tan rico. Antes de eso habían jugado a unas rondas de tragos con la gente adulta, castigándose con licores de coco, piña, vino, ron, cerveza y champán.

En la euforia posterior a las 12 de la noche, en medio los cuetes, abrazos,  y más brindis y deseos de felicidad y prosperidad para todos, Adolfo se acercó tímidamente a Lola y con pocos gestos le dijo: sabes… debido a cosas que no comprendo muy bien tengo ganas de abrazarte fuerte. Estoy contento.

-           Por qué no lo haces entonces, tonto-  le dijo eso siempre con una sonrisa.
-           Porque tengo miedo que pienses mal
-           Ja ja ja, déjate de cosas y abrázame, tonto.

La abrazó fuertote y sintió rico y tierno; Adolfo estaba reviviendo lo que hace tres meses había sentido por ella cuando estaban paseando por el malecón de Miraflores, todavía con el frío primaveral de ese entonces.

En ese recibimiento al año 2012, los brindis y la alegría seguían bajo un cielo despejado y con un poco de frío bajo el árbol que les daba sombra en la tarde, ahí estaban, en medio de las seis carpas y una fogata moribunda que ya nadie le hacía caso.

Lola castigaba a todos con un vaso de ron, él la miraba a ella que estaba vestida con buzo y zapatillas, tan natural sin maquillaje, y ya no podía ocultarlo, Adolfo se había enamorado ese instante, esa noche, lo único que deseaba era abrazarla fuerte toda la noche y besarla hasta que se muera.

Lola se acercó y le castigó con otro vaso de ron, lo único que hizo Adolfo siguiendo sus instintos amorosos, fue abrazarla del cuello con su brazo derecho, mientras que con su mano izquierda tomaba del vaso, feliz de recibirlo y de que ella se le acerque.

Sorpresivamente ella lo abrazó por la  espalda, a la altura de su cintura; le dio la botella a alguien y se quedaron así, sintiendo un rico abrazo que produce sensaciones mágicas. Los dos se apretaban en un tierno, amoroso y mágico abrazo.

Adolfo no recuerda que le dijo a Lola, pero giró su cabeza para mirarla, ella le miró, le regaló una encantadora sonrisa y no se sabe el momento en que sus labios ya estaban unidos, humedeciéndose, mágicamente se estaban besando sintiendo amor en sus venas.

Fue uno de esos besos que sabes que nunca olvidarás, ricos, frescos y llenos de ternura.

Adolfo creía que era mentira estar besando esos labios que le mataban, la sensación fue maravillosa, fue el beso más rico en tantísimos años que le daban, parecía el amor de juventud, ese que te viene con una felicidad que no cabe en el alma.

Mas besos fueron los que vinieron, y más personas las que los miraban, toda su familia en pleno. Pero aún así él quería que fuera eterno cada beso.

Al día siguiente él despertó y el papá de Lola que los vio estaba sentado en la mesa donde se comía. Preparado para dar la cara por lo que hizo salió de su carpa donde durmió solitario y feliz, y saludó al señor.

- Buenos días, señor, ¿cómo está?
- Buenos días, ¿qué tal ha dormido? Mucho tomaron anoche – le dijo eso y yo ya él ya estaba listo para el sermón.

Pero no fue así, empezaron a conversar de algunas costumbres de Año Nuevo, de que el señor conoce mucho el Perú porque fue transportista y ha viajado más que Marco Polo. El punto en común fue la Sierra, porque la mamá de Adolfo también es serrana. Las delicias que se come en esa región fueron un tema de casi 20 minutos de conversación.

Fue una buena charla con el señor, con el sol tremendo a las 7 de la mañana y observando cómo la gente va sobreviviendo y saliendo de sus carpas.

Lo único que Adolfo quería era estar al lado de Lola, con eso era feliz. La china ya se había levantado y estaba conversando son su prima, enterándose de las cosas que no se acordaba de anoche.

Luego los dos en una banca empezamos a conversar, mirándonos cómplices de la locura y medio palteados.

-           Te acuerdas lo que hiciste anoche?-  preguntó él.
-           Algunas cosas sí, otras no- decía siempre sonriendo.
-           No me digas que no te acuerdas de lo de nosotros, ahí sí me destrozas.
-           Ja ja ja obvio que eso sí me acuerdo. Si no me gustarías no te hubiera traído acá.
-           Entonces eso contesta la pregunta que te hice anoche y que no me quisiste contestar? Eso de que si alguien te atraía últimamente.
-           ¿Se supone que sí, no?
-           Wuauuu, china, no sabía de que yo te gustaba.
-           Pero es obvio, sino no te hubiera dicho para venir.
-           Es que no quería pensar nada de eso de que me gustas o te gusto, por temor a ya te imaginas qué.

La charla continuó y se confesaron que se gustaron. Hubo pan con atún de desayuno y avena. Luego de la una rica piscina viéndola en un bikini radiante y con su piercing en el ombligo, almorzaron pollo a la parrilla.

Adolfo disfrutó el momento que se sentaron bajo el árbol a comer. Los dos comieron sin tenedor, con la mano, saboreando y triturando los huesos sin reparos de la tonta etiqueta. Él Dejó  la punta de la ala y ella le preguntó ¿No comes la punta de la alaaaaa?, pero si es buenazaaaaaa.

No, no la como, ¿quieres?
Claro, dijo Lola y la devoró por completo, incluida la parte que él había mordido. Fue normal porque tomaron la gaseosa o lo que sea del mismo vaso y la noche anterior se dimos besos deliciosos.

A LA RIVERA DEL RÍO
Luego de almorzar fueron a ver el río en ese tremendo campo con inmensas áreas verdes y árboles grandes, en la orilla había un viento que soplaba fuerte alborotando el cabello de Lola y el de él que andaba medio crecido. No aguantéó más y la abrazó por el cuello, le buscó la mirada y le dio un besote que ella me correspondió amorosa.

Se besaron parados, abrazados fuerte, sintiendo el aire rico, el sonido del río hacía romántica la cosa. Caminaron más allá y se sentaron en un muro, él atrás de ella abrazándola por adelante, sintiendo lo rico de su calor corporal.

Sus labios y sus lenguas hacían travesuras amorosas mientras sus cuerpos estaban juntitos, qué delicia sentía Adolfo  cuando su brazo sentía su cabello al abrazarla y qué delicia fue cuando ella puso su lengua en la boca y jugaba con la suya. Ambos cerraban cerrados y cada que lo abrían se dibujaba una sonrisa en sus rostros.

Ahora Adolfo la extraña a mares. Siente que la necesita, que su presencia o su voz pueden calmar esta angustia que está sintiendo.

Hoy es lunes, se vieron vimos ayer domingo pero la extraña como si no la viera hace cien años. Quedaron en verse mañana martes, pero Adolfo sentía que falta otros cien años para volver a verla.

La desarmada de carpas para regresarnos fue triste para él porque sabía que era el final de la celebración de Año Nuevo. Quería que se quedaran viviendo en ese edén para no separarse nunca de ella.

Él desarmó su carpa en silencio, levantando de rato en rato la cabeza para ver cuando ella y su prima desarmaban la suya.

La veía tan mujer cuando regresaron, mientras manejaba de regreso sus sobrinos le decían tía esto o tía lo otro.  Es todo una profesional y tan amorosa con sus sobrinos. En medio camino paró para comprar helados con todo y para mí.

Lo único malo fue que se pasó una luz roja y el policía milagrosamente drástico no aceptó coima y le enchufó la papeleta. De regreso Lola dejó a Adolfo en su cas, él rogaba que baje para darle un abrazo inmenso de despedida, pero no bajó.

Así celebró Adolfo “el Año Nuevo más lindo” que tuvo, uno de los más encantadores de toda su vida. Tenía lo que le gustaba: celebración en el campo, contacto con la naturaleza, una familia encantadora y los besos y el cariño de la chica más linda.

Adolfo no sabe si volverá a ser feliz besándola, abrazándola, pasando tiempo con ella, no sabe si él le gusta a ella tanto como ella a él. Solo sabe que fue un Año Nuevo lleno de felicidad, aunque ahora esté lleno de tristeza porque me muere por verla nuevamente.

viernes, 23 de diciembre de 2011

LA NAVIDAD ES DE LOS NIÑOS

De niño esperaba alegre la navidad porque casi siempre la pasábamos en Lima con los abuelos y toda la familia. La reunión terminaba en una fiesta imborrable de la memoria.

Con mi familia vivíamos en Tingo María, la selva, y cuando en diciembre acabábamos el colegio con buenas o malas notas, mis papás siempre nos daban la sorpresa a mí y mis hermanas mostrándonos los pasajes en Aero Perú para ir a Lima desde la segunda semana de diciembre hasta los primeros días de marzo.

Nos compraban pantalón y polo nuevo para el vuelo, porque dicen que antes se estilaba viajar elegantes o sino con ropa nueva. Ya de universitario hacía mis viajes en short y en ómnibus de ruta.

Siempre esperaba con entusiasmo el viaje en avión porque era una vez al año y me encantaba ver cómo me elevaba y dejar todo chiquito abajo. Una vez, será a mis 5 años, le pregunté a mi mamá a qué hora nos hacemos chiquitos (es que como de de niño no comprendía que los objetos conforme se alejan se hace pequeños ante los ojos, pensaba que los aviones se achicaban una vez que estaban en el cielo).

Y por fin viajábamos. Ese día me levantaba tempranito a bañarme y alistar las últimas cosas. Raquel, mi hermana dormilona que es mi mayor por 11 meses y 23 días, se levantaba como a las 10 a.m. y con la parsimonia de siempre desayunaba su tasa de leche y dos panes con lo que sea. Patricia, mi hermana menor que tenía tres años, pegada a mi mamá siempre. Mi papá en el trabajo y yo desesperado para que pase rápido la hora y por fin estar en Lima de vacaciones. Pasar la Navidad con mi manchón de primos.

Generalmente viajábamos sin mi papá, porque él todavía tenía que trabajar. Una vez sentados, mi mamá nos abrochaba el cinturón de seguridad y por la ventanita le veíamos a mi viejo que se iba caminando a la casa, le hacíamos chau con la mano pero él no nos veía porque de afuera se ven oscuras las ventanitas del avión.

Lo gracioso era que hacíamos competencia con Raquel a ver quién sentía primero el estómago cerca de la boca a la hora que se elevaba el avión, estábamos atentos a los baches cuando pasábamos por la cordillera, buscábamos formas extrañas en las nubes, en fin, esos viajes eran sensacionales.

Al llegar a Lima siempre sentíamos frío, por el aire que corre en ese aeropuerto. Mi mamá nos obligaba a llevar una casaca para ponernos a la hora de pisar suelo limeño, pero yo me sentía avergonzado cuando todos los niños en el aeropuerto estaban en manga corta.


LA FAMILY
Cada que llegaba a Lima, mi primo Carlos, el mayor de los hijos de mi tío Tavo, me recibía cargándome porque era mucho más grande y fuerte que yo (ahora yo lo cargo, sobre todo para llevarlo a su cama cuando se queda dormido en plena chupeta).

Con mi hermana Raquel siempre pensábamos planes de lo que íbamos a hacer en el verano. Lo primero comprar galletitas de munición en la tienda de don José, que quedaba al costado de la casa de mi tío Tavo. Hasta ahora el sabor de esas deliciosas galletas invaden mi paladar cada nostalgia navideña.

Luego era gozar de los abuelos, pedirles que nos cuenten historias, sobre todo aquella de cuando los duendes querían llevarse a uno de mis tíos.

Lo osado era conversar hasta tarde con los primos en la azotea, con esos vientos limeños que te acarician la cara y te mueven el cabello, que son los últimos de la primavera y los primeros del verano. Parte de nuestros planes era que yo contaría los nuevos chistes que aprendí en el año y haría lo que sea para no dormir, porque en esos tiempos era una aventura quedarse conversando hasta por lo menos la una de la mañana, desobedeciendo a los papás y los tíos que a cada rato nos mandaban a dormir.

Con mi primo coco a veces ahorrábamos unos días, de las propinas que nos daban nuestros tíos. Él le compraría un regalo a la abuelita Fernanda porque su mamá, mi tía, falleció con tétano por culpa del médico, al tener su último hijo, mi primo Fidel. Yo le compraría algo a mi mamá.

Lo hicimos solo un año, y con lo que con esfuerzo reunimos alcanzó solo para dos pares de aretes que lo compramos en un mercadito que había al final de la cuadra. La abuela y mi mamá nos dieron el gusto de lucir esos aretes en la fiesta de Navidad en la casa del tío César. Al mes siguiente los aretes ya estaban desgastados y sin color.

A veces llovía el mismo 24. Coco, con el que casi siempre paraba, con la cara más seria que podía me decía que a veces llueve todo el verano en Lima. Eso me ponía triste porque yo soñaba con la playa. Pero mi mamá le desmentía y nuevamente me ponía contento soñando con ir a la playa aunque todavía no sabía nadar.

Mi tío Tavo en ese entonces tenía seis hijos, con ellos pasaba la mayor parte de las vacaciones porque llegábamos a su casa.

Mi tía "Picha" tiene tres hijos, dormir en su casa era otra cosa fascinante porque como la casa era chica en un tercer piso, acomodábamos colchones en el suelo de la sala y ahí dormíamos con mis primos Jessica, Paco y Magali, y mi hermana Raquel, risa y risa con las tonterías que hablábamos Paco y yo. O sino serios escuchando los fascinantes cuentos que nos leía Magali, que ya estaba en la universidad, y nos quedábamos dormidos.

La tía Frida recién había tenido su casa en Lima, en su hogar no era tanta la soltura porque ella y su esposo, el tío David, eran más disciplinados.

Mi tío César tiene tres hijos, de los cuales Kique era y es el más alto de la familia; con él me gustaba andar en su carro porque era osado al manejar y a mí me encantaba eso. En el Volkswagen escarabajo que tenían entrábamos no sé cuantos primos, todos enanos. Nos íbamos a pasear por el centro de Lima. Ellos se aburrían, creo. Pero para Raquel y yo, que veníamos de provincia, era alucinante.

Mis tíos nos llevaban a Polvos Azules o a Scala Gigante a comprarnos nuestros regalos y cada uno escogía el suyo. Por eso nunca crecimos con esas historias de Papa Noel. Siempre supimos que eran los papás, tíos o personas mayores los que nos compran los obsequios.

Además en Tingo María ninguna casa tenía chimenea por donde bajara el viejo barbón, y no nos imaginábamos cómo en tanto calor pudiera venir el viejo con ese abrigote rojo y cagándose de calor.

Ir a la casa del tío Beto era someterse a disciplina castrense porque había que levantarse a las 7ª.m., tomarse una ducha y acompañarle a su recorrido turístico. Como era juez, me hacía conocer todo el Palacio de Justicia, juzgados, etcétera.


LLEGABA EL 24 DE DICIEMBRE
Y por fin llegaba el 24 de diciembre en la noche de mi niñez. Solo una vez lo pasé en Trujillo con mi abuelita Lindaura. Ahí no era tan divertido para nosotros porque todos mis primos eran mayores, salvo toño, que me llevaba algo de siete años. Y como mi tía dueña de la casa era sargento por afición, nuestra hazaña máxima era quedarnos hasta las 11 de la noche jugando monopolio y pobre del que se quejara, nos hacían abandonar el juego y a acostarse por quejón o por dejarse agarrar de tonto. Luego teníamos que estar mudos en la cama hasta que venga el sueño.

Las canciones en Lima eran extrañas porque en Tingo María se escuchaba esa con tono penoso “navidad, navidad, blanca navidad..” pero en Lima, al menos en el barrio, escuchaban esa con tono alegre “Feliz navidad… feliz navidad, próspero año y felicidad”. A nosotros nos costaba acostumbrarnos a esa canción y yo renegaba porque no podía cantarla con los demás primos o vecinos.

El 24, luego de en la tarde jugar fulbito, las escondidas o lingo con los vecinitos de la cuadra, mi mamá y mi tío nos llamaban a todos para bañarnos, y alistarse para la Noche Buena. Entrábamos a la ducha en mancha con mis primos coco, Walter, Julio y Carlos. Fidel, el menor de ellos, todavía vivía en Cajamarca. Yo solo sabía que tengo otro primo pero que vivía en esa ciudad con sus abuelos maternos.

En la ducha jugábamos tonterías, todos calatos hacíamos la guerra de espuma del champú y el que cerraba los ojos no era macho. Pero todo se calmaba cuando a alguien le pasaba electricidad en la llave de la cucha, por efectos de la terma.

De Ingeniería (San Martín de Porres), que era donde vivían los abuelos y la familia de mi tío Tavo, salíamos en una camioneta azul, no recuerdo de quién era, pero esos tiempos todavía podíamos sentarnos atrás todos los niños y enrumbábamos a la casa del tío César, que fue donde pasamos la Navidad ese año.

Los hijos del tío César eran mayores de 18 años pero igual se ponían al final de la larga cola que hacíamos todos los engendros para que nos den la misma cantidad de cuetes a cada uno. Eran dos sartas de cuetecillos, cuatro o cinco de esos que se elevan, unos cuantos silbadores y las famosas luz de bengala que acá las conocen como chispitas.

Antes de las 12 de la noche jugábamos quién eleva más alto la luz de bengala y fue en una de esas que fui corriendo a recoger la mía que había caído a unos metros, y antes de llegar tropecé y caí, con la mano derecha palma arriba, sobre la luz de bengala. En menos de dos segundos sentí que la piel se me achicharró, todos me quedaron mirando la mano, fui donde mi mamá llorando desconsoladamente, todos mis tíos me prestaron atención, me mimaron y me pusieron una crema para la quemadura.

Sentía que la noche se me cagó, pero cuando mi viejo me dijo que si estoy muy grave mejor es que ya no salga a jugar con mis primos. Los imaginé a todos alegres con los cuetes afuera de la casa y dije “ya estoy bien, papá”. “Ah ya, sal a jugar entonces”, me dijo, y fui de nuevo al chongo con mis más de 15 primos y primas.

No pasó ni diez minutos y tuve otro infortunio. No sé para que me agaché al suelo y uno de tres muchachos que pasaban por ahí me pisó sin querer la mano herida y se me revolvió la quemadura. De nuevo a llorar desconsoladamente pero ya no quería entrar a la casa de miedo a que me digan que si estoy grave ya no salga a jugar con los primos. Entonces se me acercaron mis primos mayores  Carlos Eduardo (que siempre practicó boxeo) y Kique (que ya medía metro ochenta), ambos recién habían alcanzado la mayoría de edad.

Carlos me preguntó cuántos eran, yo le dije que tres, entonces llamaron al otro Carlos, el mayor de los hijos de mi tío tavo, conocido por ser gallito de pelea. Los tres fueron en busca de los otros tres, para buscar la revancha del primo menor caído y dolido, pero los otros pidieron disculpas, de repente asustados por la talla y la actitud de mis tres camaradas.

Mi mano derecha todavía tiene una cicatriz cuando me caí encima de mi luz de bengala y se me achicarró la piel. Es fea la cicatriz, pero es la huella de una de las navidades más lindas que pasé en mi niñez.

No sé qué cenábamos porque nunca prestaba atención a la cena. ¿Pavo, Lechón, Pollo? No sé y la verdad es que, de repente por eso, dicen que no importa la cena sino el ambiente. Quizás si los adultos pensaríamos como niños, al menos a la hora de la navidad, todo sería más sencillo y alegre. Con tal de compartir, se come lo que sea. Es increíble cómo de niños no pensamos en la cena, solo de adultos tenemos que tener esa maldita costumbre se seguir costumbres (redundancia a propósito) y comer pavo o lechón. ¡Puta adultez!

LOS MAYORES
En la casa estaban todos mis tíos y tías con sus esposos o esposas, divirtiéndose y acompañados de los abuelos, Pancho y Fernanda. El abuelo de rato en rato se tomaba su copa de licor, conversaba con sus hijos y yernos, se metía un bailecito con la abuela y todos les aplaudían. El físico todavía daba para una pieza de cumbia.

La abuela decía que por qué ponen esa canción malcriada delante de tanta criatura. Una tía preguntó ¿Pero qué tiene de malo esa canción, mamá? y la abuela contestó que cómo va a decir tú me enseñas a hacer hijos. Todos se rieron porque la canción Mujer Hilandera decía "tú me enseñas a hacer hilo, yo te enseño a enamorar".

Acabados los cuetes, con mis primos jugábamos no sé a qué cosas, hasta que nos hicieron entrar. No había costumbre de abrir los regalos a las 12 porque ya sabíamos que cosa tenía cada uno, así que no iba a haber emoción.

Antes de acostarnos, la foto del recuerdo. No sé quién nos hizo acomodar a toditos los primos en el mueble, atrás de él y al pie, sentados en la alfombra. Fuimos 18 primos hermanos más Andrés y su hermano, dos muchachos que vivían en la casa del tío César. No todos salen en la foto pero es un cuadro alucinante, un manchón de consanguíneos de distintas edades.

26 años después, todavía existe esa picture.

Luego todos bailaron, tíos con sobrinas y tías con sobrinos, brindando y aplaudiendo por muchas cosas que nos daban bastante felicidad. Los enanos teníamos a disposición bebidas, dulces y comida en abundancia. El ambiente era increíble,  todo era unión, paz, armonía, algo difícil de creer en estos tiempos, o quizás difícil de creer en la adultez. Fue una verdadera Navidad.

Mi prima Gladys tocó el piano mientras sus hermanos decían "qué aburrido", uno que otro se bailó una marinera recibiendo el aliento y las palmas de ánimo de toda la familia, todas las caras tenían una sonrisa, todos nos mirábamos con cariño. Yo en un rincón escondiéndome para que nadie me saque a bailar porque me moría de vergüenza.

Cuando ya estaba acostado en un cuarto del segundo piso, cansado de jugar todo el día y pasar una noche muy buena, escuchaba que abajo los adultos cantaban rancheras, conversaban cosas, todos con tono de pasado de copas y mis tías diciendo "vamos ya" y mis tíos diciendo "un rato más".

No recuerdo con cuál de mis primos me acostaron esa noche, porque alcanzábamos hasta tres en una cama grande. Pasaron unos minutos y mi mamá subió a ver si toda la mancha ya estaba en sueños. Pero yo, como de costumbre hasta ahora, demoraba en dormir y todavía estaba despierto.

-¿Todavía no te duermes?- me preguntó mi mamá.

- No, mami, no tengo sueño.

 -Mejor te apago la luz, así el sueño viene más rápido, ¿ya?

-Bueno, mami, como digas.

-¿Te gustó la Navidad con tus primos?

-Sí, mami- respondí con una sonrisa enorme -hay que venir todos los años, pero tienen que darnos más cuetes-.

-Ya pero si prometes no quemarte la mano de nuevo. Ahora apagaré la luz y duérmete, ¿ya?

Ya, mami, y hay que ir a la playa antes de año nuevo, ¿ya?

Mi mamá me dio un guiño afirmando mi propuesta. Apagó la luz mientras salía del cuarto y al rato me quedé dormido. Desperté a la mañana siguiente y no recuerdo qué hicimos.

El tiempo pasó rápido en esas vacaciones y regresamos a Tingo María. Al año siguiente les fue mal económicamente a mis viejos y no pudimos regresar a Lima.

Pasaron los años y los abuelos murieron. Primero el abuelo de cáncer al estómago. La abuela, que tanto lo amaba, quedó mal de la presión y al cabo de pocos años, una mañana se desplomó repentinamente y no se levantó nunca más. 

Algunos de mis primos y mi hermana se fueron a vivir al extranjero. No sé cuándo fue que todos nos hicimos adultos y ya nunca más regresó esa navidad que tuve a mis siete u ocho años. No volví a tener una Noche Buena con tanta felicidad como aquella que pasé con todos mis tíos, primos y abuelos.
Con razón dicen que la navidad es para los niños.

miércoles, 5 de octubre de 2011

La física cuántica aplicada al coaching puede ayudarte a ser más profesional

 “Se trata de la física cuántica aplicada al coaching o, en otras palabras, coaching cuántico, técnica surgida de las investigaciones de los científicos David Bohm y Fritjof Capra”.


¿Sabes por qué sientes miedo o inseguridad en tu trabajo y cómo puedes cambiarlo? La respuesta podría estar en las partículas elementales que conforman tu mente, ya que su manejo ayuda a transformar tu realidad, cambiando tus pensamientos.

La forma en que ves la realidad afecta tu desempeño laboral, pero esto puede ser modificado a través de pensamientos específicos que afecten las partículas elementales de tu mente.

Una nueva técnica de coaching pretende trabajar en este contexto para derribar los condicionamientos que la ecuación, la sociedad, la cultura y hasta los medios imponen en la mente y así, eliminar las limitaciones que dificultan el trabajo productivo de un profesionista.

Se trata de la física cuántica aplicada al coaching o, en otras palabras, coaching cuántico, técnica surgida de las investigaciones de los científicos David Bohm y Fritjof Capra.

Esta práctica se centra en el estudio de las partículas elementales, aquellas que se relacionan directamente con la percepción de las personas, ya que experimentos realizados en los últimos años han comprobado que las partículas elementales de la mente son capaces de modificar la conducta de las personas.

Tal es la importancia de esta disciplina que los coaches más reconocido utilizan estos principios de física cuántica para indagar en el subconsciente de los profesionales y poder establecer los motivos de sus acciones.

Esto pretende encontrar una respuesta que explique el comportamiento de algunas personas.

Por ejemplo, muchos trabajadores mantienen el miedo como percepción de la realidad por mucho tiempo, sintiéndose inseguros en sus labores diarias. Si se conserva esta sensación por un período prolongado, puede impedir que la persona surja y finalmente se queda estancada sin poder alcanzar nuevas metas.

El coach cuántico ayuda al profesionista a cambiar su percepción de la realidad.

La idea es que el entrenador muestre el camino correcto a seguir a través de la enseñanza de pensamientos específicos. De este modo, la persona entrenada lleva a cabo un aprendizaje que se basa en el poder de los pensamientos y emociones.

Entre los beneficios de esta práctica destaca  ayudar a las personas a desarrollar su potencial y talento, lo que se ve maximizado debido a que el control de la conciencia permite encontrar respuestas más fácilmente frente a las interrogantes que surgen.

El coaching cuántico también genera una mayor comunicación al interior de la empresa, mayor iniciativa en los empleados, más confianza en el ambiente laboral, trabajadores con mayores habilidades y maximización de los resultados empresariales.

lunes, 26 de septiembre de 2011

El fin d los Holligans, y acá será el fin de las barras bravas??

El fin de los Hooligans: consideraciones sobre el tratamiento    
de la violencia en los estadios ingleses

Habrán leído nuestros inteligentes dirigentes futboleros del Perú el informe Taylor d Inglaterra, q puso fin a Hooligans??


Existe un consenso global en torno a la certeza de esas dos invenciones, y así como nadie duda de que en Gran Bretaña se gestó el embrión del juego que actualmente conocemos como fútbol, tampoco parece haber dudas a la hora de señalar el éxito en las medidas que los ingleses implementaron para desterrar de sus estadios el fenómeno de la violencia (en lo que, para ser justos, también fueron precursores).

Sin embargo, es preciso observar hoy, años después de su puesta en práctica, las consecuencias que esas medidas conllevaron al fútbol entendido como fenómeno popular, para poner en cuestión la real efectividad del modelo inglés de control de la violencia.

La idea de que Inglaterra ha sido el primer y casi único país en poder resolver satisfactoriamente el problema de la violencia dentro de los estadios de fútbol se halla presente en el imaginario de todos los actores, a nivel global, que desde diferentes ángulos se ocupan del fenómeno, ya se trate de periodistas, funcionarios o dirigentes. Tan fuerte es la creencia de que esto realmente es así, que Inglaterra se ha convertido en el lugar de peregrinaje de los funcionarios encargados de la seguridad deportiva de todo el mundo que se encuentran con un problema y no saben cómo solucionarlo.

Lo que se les ocurre entonces es mirar a quienes sí supieron apagar el incendio a tiempo, y entonces allí van, a entrevistarse con sus colegas británicos y a estudiar la batería de medidas de control que éstos pusieron en práctica para acabar con el problema de los hooligans.

Estas excursiones de consulta son en ocasiones fructíferas, pero se revelan un arma de doble filo en cuanto su objetivo es copiar idénticamente las medidas utilizadas y extrapolarlas geográfica y culturalmente a los estadios vernáculos.

Decimos “de doble filo” porque son dos las dimensiones del llamado “modelo inglés” que intentaremos poner en cuestión aquí:

-          Por un lado la tentación local de aplicar irreflexivamente las medidas preestablecidas, útiles sí a la realidad inglesa, pero de resultado incierto en el contexto argentino.

-          Y por otro lado, la orientación que tiñe a ese modelo, que es inequívocamente una progresiva mercantilización del fútbol cuyo objetivo máximo es convertir al hincha en un mero consumidor.

El Informe Taylor y sus consecuencias
El fútbol inglés es escenario, durante la década de 1980, de dos tragedias de enorme magnitud que dejan como saldo centenares de muertos y la evidencia de que es necesaria la acción del Estado para frenar la violencia vinculada al fútbol. De allí surge el famoso Informe Taylor, que hace hincapié principalmente en dos aspectos: la mejora de las condiciones de aforo en los estadios y la necesidad de un control mucho más intensivo, a todo nivel, de las personas asistentes a los estadios.

A partir de los años 90`, en Inglaterra se pone en marcha un proceso de transformación cuyos resultados son visibles al día de hoy. Los modos de asistir a un estadio de fútbol cambian por completo, siendo poco comparable la experiencia de un hincha londinense que concurría hace 20 años a ver al Arsenal al viejo estadio de Highbury al que hoy asiste a un match del mismo equipo en el hipermoderno Emirates Stadium. Las razones de ese cambio tienen su origen en las medidas derivadas del informe Taylor, que al modificar la fisonomía de los estadios y los modos de comportamiento aceptados de los hinchas transformaron los ritos propios de la cultura tradicional del fútbol británico en una experiencia cada vez más controlada y menos popular.

Los cambios más relevantes que se producen al nivel de la seguridad en los estadios a partir de los años noventa son:

      - La supresión de los alambrados que rodean al campo de juego.

      - La obligatoriedad de que todo el público asistente se encuentre sentado.

      - Una mejora en los accesos que permita la evacuación rápida en caso de ser necesario (con las salidas claramente identificadas y visibles).

      - El reemplazo de los agentes pertenecientes a la policía por los llamados “stewards”, civiles capacitados para organizar grandes grupos y mediar en caso de ser necesario, sin el perfil represivo que caracteriza a los agentes policiales.

      - La prohibición de vender tickets en los estadios en el día de partido, y la priorización de la venta de abonos por la temporada completa.

      - La instalación de cámaras de video que registren lo que sucede en las tribunas.

      - La aplicación del derecho de admisión en los estadios y la confección de un “registro de hinchas” que recoge información del público que asiste al fútbol.

A partir de la implementación de esta batería de medidas se logra en gran parte reducir la conflictividad de los espectáculos futbolísticos. Sin embargo, la exacerbación de las medidas de control trajo a los estadios consecuencias directas sobre la forma de vivir el fútbol, que cambiaron radicalmente la fisonomía de las hinchadas inglesas.

Del paravalanchas a la boutique
Los estadios ingleses poseen ubicaciones cinco veces más caras que en el resto de Europa, tribunas “familiares” a las que los hombres solos no pueden concurrir, y una múltiple oferta de boutiques donde comprar los productos del equipo. El vector que hace posible esta transformación es una idea simple: el fútbol se ha convertido en un gran negocio, y como en todo negocio, sólo podrán participar de él quienes tengan los medios económicos para hacerlo. De allí que los clubes aprovecharán la obligación de mejorar las condiciones de sus instalaciones (que el Estado les impone), para atraer a los “buenos espectadores” (que el mercado les ofrece).

En los clubes existe una tentativa para favorecer ciertas formas de comportamiento entre los hinchas, orientada a que éstos se vean como consumidores que expresen el amor a su club según el dinero que invierten en merchandising del club. Para ayudarlos un poco, los estadios están dotados de verdaderas galerías comerciales. De hecho, las ganancias comerciales (fuera de los derechos de TV y las entradas) anuales del campeonato inglés pasaron de 250 a 500 millones de euros entre 1996 y 2004.

El espectador-consumidor hace mansamente aquello que le dicen que haga y eso conlleva repercusiones negativas para el clima dentro de los estadios y para la cultura popular del fútbol, debilitando las comunidades y reduciendo las oportunidades de una invención cultural durante los partidos, por ejemplo en lo que tiene que ver con la creación de nuevos cánticos o mismo en el hecho de cantar durante el juego.

Sin embargo, la consecuencia más visible que trajo este proceso es la transformación del perfil de hincha que asiste al estadio: las clases obreras y populares, hasta allí el público tradicional de los estadios ingleses, deben dejar su sitio en las gradas a un público proveniente de sectores medios y altos, que son los únicos capaces de costear los precios exorbitantes que cuestan las entradas.

La combinación de precios altos, abonos con ubicaciones fijas, individualización de los hinchas y sanciones frente a malos comportamientos, acabó con el ritual tradicional que los fanáticos desplegaban en los estadios. Los precios elevados hacen prohibitivo el acceso a los sectores populares, y aquellos hinchas que esforzándose pueden costearse un abono, se cuidan de cometer alguna falta que les arruine la inversión, bajo la amenaza de ser suspendidos del estadio. Asimismo, las plazas numeradas que obligan a permanecer sentado al espectador, individualizan el acto de alentar y enfrían el clima festivo propio de las manifestaciones colectivas.

Siguiendo esa misma lógica, los asientos previamente asignados dan por tierra con la posibilidad de que un grupo de hinchas pueda concurrir al estadio en conjunto y se agrupe en la tribuna, como antiguamente sucedía, desmontando un ritual propio del folklore del hincha inglés: el de reunirse en  un pub y luego ir al estadio en grupo.

Esta situación constituye un cambio radical en la cultura futbolística británica, convirtiendo la experiencia pasional de alentar a un equipo en una rutina controlada y estandarizada. Con las nuevas medidas de control, los estadios ingleses se han adormecido y han dejado de crear lazos sociales. Ahora, para encontrar el verdadero clima de la pasión futbolística es necesario visitar los pubs donde se nuclear los hinchas desplazados de los estadios. Allí, lejos de las cámaras de vigilancia y del control individualizado, es donde pueden desplegar el fervor por su equipo y poner de manifiesto las pasiones que el fútbol genera.

Para recuperar el clima, son los clubes quienes preparan los cánticos y empujan a los hinchas a los “singing ends”, promoviendo el canto a través de los altoparlantes del estadio. Aquellos que creen todavía en un verdadero aliento colectivo pero se niegan a ser catalogados de hooligans se refugian en la redacción y la lectura de fanzines o en la inversión  en asociaciones independientes que defienden los derechos de los hinchas.

De todas maneras, si bien los estadios de la Premier League han sido largamente pacificados, los 3462 arrestos ligados al fútbol en 2005-2006 dejan ver que los incidentes son todavía frecuentes o que, si la violencia está realmente en baja, existen muchísimos arrestos abusivos. Por otra parte, el problema ha sido desplazado geográficamente hacia zonas cada vez más alejadas de los estadios donde la video vigilancia y las cámaras de televisión no llegan.

Lo que se observa entonces es un cambio profundo en la forma de vivir el espectáculo del fútbol, producido como consecuencia de las medidas implementadas a fin de terminar con la violencia en los estadios. Si bien es cierto que en parte el objetivo se ha logrado, los dispositivos de control han extendido su influencia más allá de la seguridad de los espectadores, transformando radicalmente los modos de vivir el fútbol que hasta entonces se conocían.

Los peligros de la importación
En Argentina, la tentación de aplicar los lineamientos del modelo inglés ya se ha hecho presente en numerosas propuestas de parte de los funcionarios encargados de la seguridad deportiva. Algunas medidas ya han sido incorporadas a los estadios locales, como la instalación de cámaras de vigilancia, y otras se encuentran en discusión actualmente, como la aplicación del derecho de admisión.

El hecho de importar para nuestro país medidas que en otras latitudes han sido relativamente exitosas impone una doble pregunta: por un lado, si las mismas pueden llegar a afectar negativamente la idiosincrasia futbolística nacional (como sí sucedió en Inglaterra), y por otro lado, si esas medidas son plausibles de adoptar en el marco de un tipo de organización social, política y cultural muy diferente al de su lugar de creación.

Por eso, la misión de los encargados de la seguridad deportiva no debería reducirse a la aplicación de medidas aleatorias importadas de otras realidades, sino a pensar vías de solución de los conflictos que tengan en cuenta al hincha argentino que cotidianamente asiste al estadio. Es fundamental proteger el patrimonio cultural del fútbol ante el avance de los dispositivos de control que sólo apuntan a militarizar los estadios y a expulsar a los hinchas, porque en Argentina la pasión no es un espectáculo que se ve en la televisión, sino una rutina que cada fin de semana los hinchas despliegan en cada cancha del país.

jueves, 18 de agosto de 2011

Por qué pedir entrevistas por Twitter es un #FAIL

Holas de nuevo, encontré esta información en Internet, acerca de costumbres no recomendadas que actualmente hacen periodistas, estudiantes y/o practicantes de periodismo. Acá les comparto un resumen del texto, esperando les agrade.

Cada vez más periodistas -y estudiantes de periodismo- usan Twitter para contactar fuentes y pedirles entrevistas. Por lo general es un tweet de este estilo: “Hola. Soy periodista (o estudiante de periodismo). Estoy trabajando en una nota. ¿Conversamos?”.

Si bien esto puede ser un recurso extremo, el periodista Dan Reimold no recomienda hacerlo. Aquí sus razones:


1.     Denota flojera. No te diste el trabajo de revisar el perfil de tu entrevistado y ver si por ahí encontrabas un email para contactarlo.

2.     ¿Quién eres? Tu cuenta de Twitter no revela tu identidad. ¿Se supone que la fuente tiene que creerte que eres periodista porque así lo dice tu cuenta en la red social?

3.     ¿Qué sigue? Le dijiste que quieres hablar pero no cómo debía responderte. ¿Con un tweet público? ¿Con un mensaje directo? ¿Un mail?

4.     Soy una persona, no un perfil de Twitter. Si tengo algo de valor para ti, tómate el trabajo de escribir algo más que un simple tweet en cinco segundos y que probablemente ya mandaste a una docena de personas más.

La recomendación es no usar este método para contactar fuentes. Lo mejor es buscar alguna información sobre las personas que necesitamos ubicar: descubre su blog, email y hasta su teléfono. Por último, si no tienes otra opción, lo mejor es conversar a través de mensajes directos y no de tweets público


Buscar este blog

Vistas de página en total